Católicos en línea - Buena Nueva (Diciembre)

Católicos en línea

Buena Nueva

Perú,

S.S. Juan Pablo II

Cristo cambia la vida. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la «metánoia» o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera  consiste en «hacer camino» con Cristo; la segunda, en «caminar detrás» de él, auténtico guía, siguiendo sus huellas y dirección. Nace así la figura del discípulo que se vive de diferentes maneras. Hay quien le sigue de una manera todavía genérica y con frecuencia superficial, como la muchedumbre (Mc 3, 7; 5, 24; Mt 8, 1.10; 14, 13; 19, 2; 20, 29); están también los pecadores (Mc 2, 14-15); se habla en varias ocasiones de las mujeres que apoyan con su servicio concreto la misión de Jesús (Lc 8, 2-3; Mc 15, 41).

Algunos reciben una llamada específica por parte de Cristo y, entre ellos, una posición particular es reservada a los doce.
De modo que la tipología de los llamados es muy variada: gente dedicada a la pesca y cobradores de impuestos, honestos y pecadores, casados y personas solas, pobres y bien situados, como José de Arimatea (Jn 19, 38), hombres y mujeres. Se da incluso el caso de Simón el Zelotes (Lc 6, 15), miembro de la oposición revolucionaria contra los romanos. No falta tampoco quien rechaza la invitación, como el joven rico, que ante las palabras exigentes de Cristo, se entristece y se va acongojado, «pues tenía muchos bienes» (Mc 10, 22).
Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales. Es necesario dejar detrás de sí el pasado, borrón y cuenta nueva, una «metánoia» en el sentido profundo del término: un cambio de mente y de vida. El camino que propone Cristo es estrecho, exige sacrificio y entrega total de uno mismo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí  mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8, 34). Es un camino que conoce las espinas de las pruebas y las persecuciones: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20). Es un camino que hace misioneros y testigos de la palabra de Cristo, pero que exige que los apóstoles no tomen «nada para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja» (Mc 6, 8; cf. Mt 10,9-10).
El seguimiento no es, por tanto, un viaje agradable en un camino llano. En ocasiones, puede encontrar momentos de desaliento hasta el punto de que, en una circunstancia, «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él» (Jn 6, 66), es decir, con Jesús, quien se vio obligado a interpelar a los doce con una pregunta muy concreta: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn  6, 67). En otra circunstancia, el mismo Pedro fue reprendido bruscamente, cuando se rebela ante la perspectiva de la cruz, con una palabra que, podría ser una invitación a ponerse «detrás» de Jesús, después de haber tratado de rechazar la meta de la cruz: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mc 8, 33). El riesgo de la traición permanecerá al acecho para Pedro que, sin embargo, al final seguirá a su Maestro y Señor con el amor más generoso. De hecho, en las orillas del lago de Tiberíades, Pedro hará su profesión de amor: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Y Jesús le anunciará «la muerte con que iba a glorificar a Dios», añadiendo dos veces: «¡Sígueme!»  (Jn  21, 17. 19.22).  El seguimiento se expresa de manera especial en el discípulo amado, que entra en la intimidad con Cristo, recibe el don de la Madre y lo reconoce en la resurrección (Jn 13, 23-26; 18, 15-16; 19, 26-27; 20, 2-8; 21, 2.7.20-24).
La meta última del seguimiento es la gloria. El camino es el de la «imitación de Cristo», vivido en el amor y muerto por amor en la cruz. El discípulo, «debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo» (RH10). Cristo debe entrar en su yo para liberarle de su egoísmo y del orgullo, como dice san Ambrosio: «Que pueda entrar en tu alma, Cristo, que tenga mi morada en tus pensamientos, Jesús, para cerrar todo espacio al pecado en la sagrada tienda de la virtud». La cruz, signo de amor y de entrega total es, por tanto, el emblema del discípulo llamado a configurarse con el Cristo glorioso.

(Intervención del Papa Juan Pablo II en una Audiencia General de los miércoles)
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